A Alejandro Luis GarcíaHistorias conectadas

Taller de historias · 3 min

Un mundo no empieza por el mapa

Construir un mundo no consiste en acumular detalles, sino en crear aquello que transforma la vida de quienes lo habitan.

¿No pasa a veces que un mundo se ve desproporcionado para los personajes que lo habitan? Lleno de detalles y situaciones que no tienen mucho que ver con la historia que se está contando. Eso suele pasar por empezar el mundo por el mapa. Personalmente, prefiero la otra alternativa: empezar por la situación. Casi siempre parto de una pregunta sencilla. ¿Qué pasaría si un día despertara con una persona que no conozco durmiendo a mi lado?¿Y si todos los demás sí la conocen?¿Y si no es una, sino dos? Así empezó Mi hermana de otro mundo. No con un mapa. No con un sistema de magia. Con una situación incómoda. A partir de ahí llegan las preguntas importantes:¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Por qué los demás sí la reconocen? El mundo nace como respuesta a esas preguntas. Si voy a darle poderes a un personaje, lo primero que defino no es lo espectacular que puede hacer. Defino qué tipo de poder es. ¿Es magia?¿Es ciencia ficción?¿Es una mezcla que necesita una explicación interna coherente? En el caso de Caelia, siempre me muevo en esa frontera. Se etiqueta como fantasía, pero en el fondo intento que funcione como ciencia ficción blanda: que haya una lógica, aunque esté inventada. Cuando encuentras esa lógica, aparecen las limitaciones.Y las limitaciones son más importantes que los poderes. No pueden ser arbitrarias. No pueden cambiar según convenga a la escena. El lector tiene que sentir que son inevitables dentro del mundo. Para que la Piedra Ary y la conexión entre dimensiones funcionaran, descarté varias opciones. Una de ellas me llevó a escribir media novela… y luego a volver al capítulo uno. A veces te obsesionas con una idea que lleva contigo desde el principio. Y cuando la quitas, de pronto todo encaja. Construir mundos no es añadir. Es quitar hasta que lo que queda se sostiene solo. Yo no creo solo mundos. Creo personas y sus mundos. Si el mundo no es coherente, las personas que lo habitan dejan de ser creíbles y se convierten en caricaturas. Todo tiene que tener causas y consecuencias, aunque no aparezcan en el libro. Igual que en la vida real. Cuando conoces a alguien en una fiesta, no sabes nada de su pasado, pero percibes su esencia. Intuyes cómo reaccionará. Eso es coherencia. No significa que un personaje actúe siempre igual. Significa que cuando actúe diferente, tenga sentido. Un mundo que funciona “porque sí” no te permite explorarlo. No sabes qué esperar. No sabes si las reglas importan o si cambiarán en la siguiente página. Y entonces el lector deja de confiar. Yo prefiero mostrar solo lo necesario. Dar pinceladas. Dejar espacio para que el lector complete la imagen. Lo mismo con los escenarios que con los personajes. Si describes demasiado, el lector pelea con tu versión en lugar de habitarla. El mundo no está para ser bonito. Está para poner en aprietos al protagonista. Vivimos en un mundo aparentemente tranquilo. Pero si te pierdes en el bosque de tu pueblo, sin fieras ni tormentas, lo pasarás mal. El peligro no necesita artificios. En una historia ocurre lo mismo.El mundo tiene que sostener la aventura. No eclipsarla. Y si funciona, podrás imaginar muchas otras historias dentro de él… sin romper nada. — Alejandro
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